...las llamadas naciones cristianas, quienes se supone han de seguir a un Redentor del "Mundo", son mejor conocidas en la historia por su barbarie en las colonias y por sus guerras destructoras, que por cualquier demostración práctica de ese amor incondicional, sinónimo de la conquista efectiva del ego, del mundo del ego, del dios tribal del ego como les enseñó el Supremo Señor a quien veneran. "Pero yo os digo a vosotros que me escucháis: amad a nuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian. Al que te hiere en una mejilla ofrécele la otra, y a quien te tome el manto no le estorbes tomar la túnica: da a todo el que te pida y no reclames de quien toma lo tuyo. Tratad a los hombres de la manera en que vosotros queréis ser de ellos tratados. Si amáis a los que os aman, ¿qué gracia tendréis? Porque los pecadores aman también a quienes los aman. Y si hacéis bien a los que os lo hacen, ¿qué gracia tendréis? También los pecadores hacen lo mismo. Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué gracia tendréis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos igual favor. Pero amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin esperanza de remuneración, y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque es bondadoso para con los ingratos y los malos. Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso", Lucas. 6: 27-36.
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Las buenas nuevas que trajo el Redentor del Mundo y que tantos han escuchado con júbilo y predicado con celo, y que sin embargo se han rehusado evidentemente a demostrar, enseñan que Dios es amor, que puede ser y es amado y que todos sin excepción son sus hijos. Los detalles relativamente triviales como son el credo, las técnicas del culto y las formas de organización episcopal (que han absorbido el interés de los teólogos occidentales y que todavía son seriamente discutidas como los principales puntos de la religión) son meramente entretenimientos pedantes, a menos que se les haga guardar una posición ancilar respecto a la enseñanza principal. Si esto no se consigue, tienen un efecto regresivo; reducen de nuevo la imagen del padre a las dimensiones del tótem. Es esto, por supuesto, lo que ha sucedido en el mundo cristiano. Parece que hemos sido llamados a decidir o a averiguar quién de nosotros es el que el Padre prefiere. Sin embargo, la palabra de la enseñanza es mucho menos halagadora: "No juzguéis y no seréis juzgados". La cruz del Salvador del mundo, a pesar de la conducta de sus sacerdotes profesos, es un símbolo mucho más democrático que la bandera nacional.

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